Persiles y Sigismunda: La Comedia del Peregrinaje

... porque la bendición de los ancianos parece que tiene la prerrogativa de mejorar los acontecimientos.... (PERSILES: Libro 3) 

Los Peregrinos ven la llegada de Ambrosia Agostina a Barcelona

Libro 4 

acuarela

El último libro que escribió el autor de Don Quijote de la Mancha,  Miguel de Cervantes Saavedra, fue publicado un año después de su muerte en Madrid el 23 de abril de 1616 – misma fecha en la que muere William Shakespeare en Londres. 

Los trabajos de Persiles y Sigismunda, obra que el veterano de la Batalla de Lepanto (1571) contra la dinastía turca otomana  nunca vio publicada, es un relato de aventuras del genero on-the-road  y de la familia de La Odisea de Homero,  El asno de oro de Apuleyo, y  Huckleberry Finn de Mark Twain, entre otros. Pero más concretamente, es la historia de un “destination wedding” cuyo itinerario comienza en Noruega y concluye en Roma.  Larga y peligrosísima romería, por cierto, aunque llena de humor y de valiosos consejos de vida.

Escrita en dos partes, esta “peregrina” historia de novios peregrinos, como la describe varias  veces su autor, comienza in medias res cuando los enamorados, que se han fugado del castillo del novio en Noruega, caen en manos de una secta que busca dominar el mundo creando una raza nueva.   A punto de ser para siempre sacrificados por los salvajes, como eje de este macabro plan, la pareja se escapa. Y allí despegan todas las llamadas peripecias de esta novela tan cargada de personajes elegantes como de pícaros de alta y baja ralea.  En fin, camino a Roma los novios nos irán introduciendo, sin quererlo, en un mundo aterrorizado por sexo-traficantes, pero también rico en no pocas geografías y situaciones maravillosas, que se barajan entre tragedia y la comedia, y el tema del amor y la pareja ideal.

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Head of Ganges River God by Claude Poussin inBernini's Fountain of the Four Rivers in Piazza Navona

Los peregrinos entrando a Roma por la Porta del Popolo 

Libro 4

plumilla

    Como Persiles y Sigismunda viajan a su destino romano como presuntos hermanos – se llaman Periandro y Auristela – cumpliendo un voto religioso, no son pocas las veces que el relato nos lleva a preguntarnos si estos novios y el propio libro son católicos: con tanto mago, mujeres abusadas, jóvenes obligados a casarse contra su voluntad, trasvestis, reyes mentirosos, duelos sangrientos, y no pocos actos de adulterio ... como los que pululan en las páginas de este libro.

Aforismo de Luisa, la prostituta de Talavera

Libro 4

bosquejo a plumilla

Yo no tenía idea de la existencia de esta obra, en fin no como la entiendo ahora.

Los primeros bosquejos y, claro, los dibujos a plumilla, acuarela, y pastel que aparecen en la muestra de esta página, a mí me costaron unas cuantas pestañas y descorazonadas, ya que la trama y el lenguaje de esta epopeya es lo que se cataloga en la literatura como género bizantino. Una literatura enrevesada, elegante, y misteriosa. Pero un día, como un mago de oriente, Cervantes se me apareció. Sucedió como diez años atrás, mientras yo enseñaba precisamente dibujo “a mano alzada” a un grupo de estudiantes de arquitectura en Roma. Como el tema era la perspectiva de uno y dos puntos, en cierto momento de la lección, para ilustrarles al grupo exactamente en cuál parte del paisaje urbano que estábamos dibujando -- la Piazza del Popolo -- ocurría uno de los llamados “puntos de fuga”, se me ocurrió meterme yo mismo dentro del paisaje, y corrí para el lugar en cuestión donde para mi suerte estaba un letrero de pie, por cierto un poco derrengado, cuya inscripción turística – me fijé--  decía en letras muy grandes en español: CERVANTES ENTRÓ A ROMA. Al título lo seguían varias estrofas de un poemario del español Rafael Alberti, que citaban a su vez un soneto de Cervantes, para explicar a nivel histórico, la piazza.

Cervantes, España, Roma: pensé.  “Oh grande, oh poderosa, o sacrosanta/ Alma-ciudad de Roma...” rezaba el soneto del autor español del Siglo de Oro, dentro del marco mayor del poema de Alberti de los 1930.

Nunca en mis estudios y explicaciones de este imponente espacio romano se me habría ocurrido hablar de nada español. Ya con el gran Obelisco egipcio,  los dos cuadros de Caravaggio de una de las iglesias de la piazza, y el dato de que el reformador protestante Martin Lutero que habría dormido y refunfuñado dentro del monasterio de su orden de Agustinos de dicha iglesia, tenía suficiente. Pero cuando regresé a donde estaba mi clase, no para ver si ellos estaban ya empezando a llevar las líneas de sus perspectivas donde yo les había indicado que estaba el importante punto de fuga hacia donde ellas convergían --No!-- sino para contarles que había más historia: ni me miraron. Así y todo, les recité lo que decía el viejo y derrengado rótulo turístico. "Es un dato histórico que yo no conocía", les confié para interesarlos.

“Cervantes Entró en Roma por la Puerta del Popolo”. Pero al ver que no me dirigían ni una mirada fría, les repetí de manera entusiasta. “Cervantes”.

 “Sir Who?” me preguntó uno de ellos, haciéndose el gracioso. Sí, le respondí, entre contento y contrariado: Sir Vantes. Y resumimos la clase de dibujo a mano alzada. 

Ejercicio con puntos de fuga de la Porta del Popolo

lápiz

    Horas después, al llegar a mi apartamento romano, me puse a buscar el soneto con sobresalto en mi edición Aguilar de Cervantes. Tuve que dar mis brincos a lo Rayuela entre capítulo y capítulo, eso sí, para eventualmente encontrarlo al principio del Libro Cuarto – el último de la novela, y leí varias veces el poema, ansioso de ver si de alguna manera me enganchaba o me invitaba a leer más.  “Alma-ciudad de Roma, a ti me inclino”. Eran las palabras de un peregrino llegando a su anhelado santuario y cerrando seguramente la curiosa romería.

IPinterest

Un peregrino cantándole a Roma su soneto: "Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta/ Alma-ciudad de Roma, a ti me inclino..."

Libro 4

plumilla

    La idea de ilustrar la novela no se me ocurrió enseguida, sino cuando hallé en los “capítulos romanos” del soneto y del final del libro una escena muy curiosa que se desarrollaba donde yo solía desayunarme muy a menudo en aquel tiempo, en el Bar dei Banchi Vecchi--- de los Antiguos Bancos. 

 

   Leyendo con un poco de fast forwarding esos pasajes de la novela, vi yuxtaponérsele espacialmente lo actual a lo del 1600, y al día siguiente me fui corriendo hasta ese barrio con la novela marcada en esas páginas y con mi cuaderno de sketches en mano. Me sentía como un niño embrujado.  De ser verdad lo que Cervantes nos cuenta, antes de que existiera en dicha Calle el bar que aun lleva ese nombre de los Banchi Vecchi aquí en Roma,  sus novios peregrinos caminaron "estrepitosamente" por estos adoquines, parando el tráfico, por su belleza y su bizarría del Norte.  Pero no fue cosa de niños empezar a producir los  dibujos y pinturas que con placer exhibo en estas páginas. Tuve que hacer mis propias peripecias para convertir mi asombro en imagen. Tenía, para pintar, que leer:  y viceversa, para leer, pintar. En una de esas lecturas, con mis romeros en Francia, me iluminó una frase tipo puerta o abre-capítulo que cito seis renglones más abajo en letras cursivas, que era más que palabrería barroca:  era una sentencia maestra de cómo hacer a un espectador ver, escuchar, y apreciar armonía en una línea, sombra, o color. Mi amiga poeta, Zingonia Zingone, escuchando tanto entusiasmo de mi parte cuando le canté las alabanzas de la novela y le dije que ahora estaba redactando este ensayo sobre cómo poco a poco fui aprendiendo a leer, me observó – “Oye, ¿no te parece titular tu escrito La obra maestra de Cervantes? Tantas lecciones.

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    La sabia frase introduce el episodio de Claricia, la esposa francesa de la Provenza, mujer abusada,  más o menos a la mitad del Libro 3. Dice Sir Vantes:

                   La Historia, la Poesía y la Pintura simbolizan entre sí y se parecen tanto,

                     que cuando escribes historia, pintas, y cuando pintas, compones.

 

A estas alturas del peregrinaje, por cierto, tanto en el mar como a la llegada de los peregrinos a Portugal, en el Libro 2, han habido muchos relatos casi milagreros, otros sobre los peligros de los celos, y no pocos sobre la falsedad y la traición que  confrontándolos y protagonizándolos, nos vienen componiendo un como rosario de lo que significa hacer un peregrinaje como el de Persiles y Sigismunda. Hay unas cuantas muertes tranquilas que vemos como otras tantas violentas, que los personajes y su escuadra tienen que ver de cerca para llegar a Roma. Esta, pues, de la esposa abusada que es lanzada de lo alto de una torre por un ex-marido celoso, en Francia, tal vez no lejos de Perpignan, la pudo haber vivido el autor de la novela para contarla con su mucha experiencia y su habilidad para transmitir las emociones o voces que hacen tales recuentos tan vivos. Lo que al menos yo debo reiterar es que el prestarle atención a los pocos y bien-escogidos particulares de dichos sucesos no fue algo que yo supe hacer desde que empecé a leer El PERSILES. Fui aprendiéndolo al andar, por así decir. Tampoco sus frases maestras o sentenciosas me fueron ni cómodas ni claras desde que me comencé a leer.  La ilustración, por ejemplo, del encuentro de los Peregrinos una noche con una mujer recién parida, escondida en la corteza de una encina castellana por unos pastores, fue todo un reto. Leyendo alrededor de ese encuentro con Feliciana de la Voz en el hato de unos cabreros, pero sin el bebé que ella acababa de parir y con el sobresalto de estarle huyendo a su hermano y su padre, etc., la lectura me atrapaba a mí con todo un enramaje de temas como el instinto materno, el amor de pareja, y el del machismo de su padre y hermano. Y ni hablar del significado de llevar toda la historia a su conclusión en el  Real Monasterio de Guadalupe alli cerca de Badajoz, donde Cervantes nos cuenta iban los prisioneros de Argel a llevarle a la Virgen sus grilletes o los enfermos sus muletas, cuando se veian libres de dichas miserias. Y si lo moral o lo religioso cristiano juega un papel importante en esta historia, no por eso el aspecto mitológico del nacimiento del semidios Adonis de un árbol dejó de venirme en mente cuando empecé a trazar primeros garabatos con mi pluma. Episodio muy brujo, este de la Encina.    

La mujer recién parida dentro de una encina extremeña 

Libro 3

plumilla 

No pocas veces por cierto, en las muchas aventuras que se despliegan en la novela, Cervantes deja expresarse con cierto humor a algún personaje secundario o no directamente involucrado en la acción misma. Es el caso aquí de un viejo cabrero al cual se le escucha decir algo que hoy en día un editor no dejaría pasar la censura: "El anciano pastor dijo que no había más diferencia del parto de una mujer que el de una res, y que así como la res, sin otro regalo alguno, después de su parto, se quedaba a las inclemencias del cielo, así la mujer podía, sin otro regalo alguno, acudir a sus ejercicios; [pero] el uso había introducido ... todas aquellas prevenciones que suelen hacer las recién paridas". (Libro 3, capítulo iv)

    Pero hay tantos cuentos de ese tipo, cargados de magia y hasta horrores sexistas, en la novela...! Por ejemplo, haciendo fast forward y pasando a mis dibujos de como un tal Domicio --celsoso-- empuja a su “adorada” Claricia al vacío desde una torre en unas comarcas muy de clase media en Francia. Lo que los Peregrinos ven caerles del Cielo, literalmente, allí entre viejos castillos franceses, la aventura de la desdichada Claricia, se parecía bastante a lo de la encina castellana de la mujer recién parida en su propia circumstancia, Feliciana de la Voz. Ambos episodios se relacionan dentro de la obra total, donde convergen pasajes y capítulos anteriores y posteriores en el libro como “puntos de fuga”. Y lo que yo he aprendido a detectar en la novela son las conversaciones que se les escucha a los varios personajes que pasan de modo casi casual por los caminos de nuestros romeros o a ellos mismos, pero hablando de temas que sirven de pespunte clave dentro de  la historia. Imágenes de luz, imágenes de sonido.  La novela, en fin, funciona por sí sola como Rayuela, con dinámicos pasajes y fuerzas internas, pero de un contenido más sintonizado con la España de esos tiempos. No es un mundo sin Dios.  Hay, una inteligencia que une todo el complicado urdimbre de la novela, que no parece estar, pero lo está, y es la inteligencia del autor, trenzada con la del lector. Pero a la vez hay un hilo de esperanza que corre y une hasta las circunstancias más oscuras con la fe y con un Creador del mundo en el cual cree Cervantes a pie juntillas. Resulta interesante, pues, escuchar la canción que le canta Feliciana de la Voz a la Guadalupe en el santuario (parece un mezcla de ideas de Santo Tomás de Aquino con miniaturas flamencas Marianas de jardines y fuentes) .... a la luz con la que nos pinta después la escena de la Torre donde Periandro tiene que matar de modo muy sangriento al tal esposo enloquecido Domicio para librar de sus garras a la francesa Claricia.

Bosquejo para la escena de la mujer lanzada de un balcón por su marido celoso

Libro 3

lápiz

Cuando comencé a darme cuenta de estas costuras o molduras que articulan la novela, se lo comenté a Ivo Domínguez, mi profesor de Tesis de Maestría de literatura española, en Delaware, y él me aseguró sin dejarme terminar de darle ejemplos: “Persiles y Sigismunda fue su obra maestra, Pepe. Cervantes mismo lo afirma en varios textos!”  Con Domínguez aprendí no ya a leer con mayor apreciación El Quijote en esa importante época de estudiante en mi querida Delaware, sino a llevarla viva conmigo hasta ahora.   

 

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Bosquejo de un verso de la canción que le escuchan los Peregrinos al portugués enamorado

Libro 1, capítulo ix

plumilla 

      Volviendo a mi proyecto de ilustrar una nueva edición de El Persiles, claro, eso de dibujar, a secas, balcones o escalinatas de una iglesia de la famosa Calle de los Bancos antes mencionada, no bastaba. ¿Dónde, en esas escalinatas o ventanas, estaban Auristela o Antonio el Bárbaro, Feliz Flora, los peregrinos que Cervantes nos cuenta que pasaron por allí una vez y dejaron al vecindario enloquecido? Dónde estarían los Guardias Suizos del Pontífice que casi se llevan a Periandro a la cárcel de Tor di Nona por supuestamente robarle una cruz de diamantes a una tal Hipólita la Ferrarese, la galerista que vendía cuadros de Rafael y Miguel el Angel allí en la romana Calle Bancos? En mi proceso de ilustración, ya el volver a esta calle con una o dos repasadas de los episodios que suceden en ese punto, se comenzaron a abrir espacios en mi mente donde el pintar se rozaba con el de escribir y el escribir a su vez con el componer poéticamente. Las luces y las letras y la forma o el concepto, se juntaban.  De esta escena del Libro 4 salté a otra en el Libro 3 donde también figuraba una irrupción de La Santa Hermandad (de la Inquisición Española), pero esa vez arrestando por sospechosos a los "peregrinos" Peregrinos de la novela, cuando los sorprenden en la penosa escena de atender a un joven con un retrato de su enamorada, recién atravesado el muchacho por un pariente celoso. Ahí vienen cargos y multas a los romeros, y no pocas sospechas --silenciosas-- que se intuyen entre líneas dentro del texto del propio Miguel de Cervantes que no pocas veces estuvo en la cárcel en su propia vida, por causas y cargos seguramente infundados. 

Guardias de La Santa Hermandad arrestan a los Peregrinos cuando ellos están con el joven traicionado a muerte por un pariente

Libro 3

plumilla

      Otro elemento que me ayudó mucho a mí a verle las poses y casi los ojos a mis personajes cervantinos fue su confrontación con algunos de la pluma sabia de Shakespeare!  Persiles es un príncipe escandinavo, curiosamente, como el  Príncipe Hamlet de Shakespeare, que es danés; pero el noruego no tiene las dudas y el angst Hamlet. El amante de Sigismunda no cuestiona si vale la pena o no “to be or not to be”. Lo que sí los atormenta mucho a él y a su princesa/hermana/amante es el problema de los celos, pero hasta este difícil tema queda presentado de una manera muy distinta a la del mismo Shakespeare cuando pinta al celoso moro Otelo y a la inocente víctima Desdemona, sin otra salida de su laberinto que no sea la del asesinato. Para Cervantes, aunque los celos pueden ser como cuchillos mortales, también pueden ser espuelas que hacen que crezca y prospere el amor de una manera literalmente divina. Hasta católica. 

 

No es un concepto muy fácil de aceptar en muchas culturas, pero los celos aparecen en no pocos episodios del Quijote y, de una manera muy significativa en la Novela Ejemplar del gran Manco de Lepanto, La Gitanilla. Yo creo que meditando estas escenas a la luz de otras obras del autor, cuando no las de un Shakespeare o de un poeta como Garcilaso de la Vega -- en sus Eglogas de pastores descorazonados--  la visualización del problema de los celos o hasta de la envidia en el Persiles se hace más rica, más multidimensional, y menos simplista o estereotipada.

         La trama del libro no siendo nada lineal, haciéndole juego en este sentido a la sintaxis de su prosa, que coloca el sujeto de los verbos o los adjetivos y predicados de aquel en las más caprichosas relaciones : la ilustración, por ejemplo, de la escena donde el polaco Ortel Banedre les cuenta la historia de su vida a los azorados peregrinos, en un cruce de caminos en España donde todos se sientan a conversar. Ortel abre su relato con un crimen que cometió de manera impune. Una noche que caminaba por una calle solitaria de la ciudad de Lisboa, narra el polaco, "al pasar de un lugar estrecho... un embozado portugués con quien encontré, me desvió de sí con tanta fuerza, que tuve necesidad de arrimarme al suelo.

 

    "Despertó el agravio la cólera, remití mi venganza a mi espada ... y la ciega noche, y la fortuna, más ciega a la luz de mi mejor suerte, ... encaminó la punta de mi espada a la vista de mi contrario...."


    Cuando el narrador y asesino --o sea, el polaco Ortel Banedre--  nos cuenta que corre a esconderse de la Justicia dentro de una "casa principal", va a parar al mismo aposento donde yace despierta nada menos que la madre de su víctima, el muerto tuerto. But that is where the fun begins. 

   El lenguaje que usa Cervantes, o que usa Ortel, para contarnos luego la situación bizarra tipo el Decamerón de Boccaccio, que vivió esa noche, no tardó nada en picar mi fantasía. La tal Guiomar de Sosa de la "casa principal",  muy hospitalariamente le indica a su visitante que se meta en un "hueco" debajo del tapiz que está encima de la cama donde ella se encuentra, que ella lo librará "del rigor de la Justicia". 

"Os librara yo, si pudiera", le asegura al polaco la madre del joven. "Y os libraré". 

 

    En fin, la escena es larga y abundante en detalles, pero obviamente la psicología, comentario social, y los niveles de equívocos y de escondites que hay en el cuento, me inspiraron un diseño interesante donde juego con los planos de la narración por medio de marcos redondos y rectangulares, así como ritmos angulares u ondulantes de la madera del piso o del famoso tapiz que a mi parecer expresan lo artificioso de la escena y de sus amantes. Pero también los planos narrativos. Por cierto, cuando llega la guardia al aposento de la Senhora de Sosa, trayendo incluso el cadáver del hijo, ella ni se inmuta por hacer salir del “hueco” al polaco. En conclusión "el ánimo cristiano y admirable proceder de doña Guiomar de Sosa" habiendo aconsejado a este granuja a "sosegar [su] pecho... que el alboroto demasiado suele descubrir el delincuente", le pide que se cubra el rostro y siga a una criada que lo lleva a escaparse por "una puerta falsa de un jardín a oscuras" hasta la calle. "En viéndome en ella, lo primero que hice fue limpiar mi espada", cuenta Ortel Banedre antes de hacer una pausa y proseguir relatándoles su vida a Periandro, Auristela, y a los demás Peregrinos, entrando sin ambajes a las aventuras amorosas que vivió con Luisa de Talavera, una ramera con la cual se casó. A estas alturas, yo como lector leí la limpieza de su espada a varios niveles, no solo el de la sangre del hijo de Guiomar Sosa! 

*****

    Pero aquí para comenzar a cerrar este difícil ensayo, me permito volver a otras escenas tan cachondas como oscuras, o más, que la del polaco y Guiomar de Sosa.

 

    Nos trasladamos, pues, a los primeros dos o tres capítulos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Y me valgo para explicar esa parte tan importante que es el inicio de un libro a tres ilustraciones que pinté a plumilla y al pastel, y que para precisar de alguna manera me exigieron que leyera y releyera los pasajes varias veces. No pocas de esas lecturas las hice holgadamente con días o semanas de por medio -- sí ! -- tomando algunos apuntes pero a la vez dejando el libro descansar de mí y de mi bisturí por un tiempo. Y no es porque el libro esté mal escrito, sino porque su discurso es muy ondulante y ornamentado, acaso para hacernos ver que la vida misma es así, no es sencilla ni lineal, y que para entenderla hay que artistear un poco, y leer los acontecimientos en varias direcciones con varios lentes de profundidad y de colores. Así, pues, fue que llegué a entender --cortando y cosiendo las escenas de esos pasajes-- lo que había pasado aun antes del comienzo del libro.  

 

   Erase, pues, una vez...que un tal bárbaro Corsicurbo da instrucciones con un lenguaje muy afectado  de que ataran por una soga a un "mancebo" que habían metido en un calabozo hacía dos días, y que lo subieran a la luz para transportarlo a otra isla, donde sería muerto y descorazonado para luego utilizar las cenizas de su corazón en el ritual. Todo bien. Solo que ahora, navegando maniatado en un bajel con sus guardias salvajes a su destino, la belleza del príncipe noruego enamora a uno de los guardias, y esto hace que no lo ejecuten en la barca con arco y flecha. Quién sabe lo que iba a ocurrir!  Pero en eso, Deus ex maquina, se desata una gran tempestad que despedaza el bajel y nos deja a Persiles agarrado a un par de maderos. He aquí, creyones en mano, lo que se me ocurrió pintar a mí para expresar la total situación de impotencia del peregrino secuestrado. 

    En el siguiente cuadro se ve al mozo unos párrafos después de ser milagrosamente llevado por unas olas del mar que ya se ha calmado adonde estaba una nave corsaria de quien resulta ser el príncipe danés -- Arnaldo -- en cuyo poder había estado la heroina de la novela por casi un año.   Una vez llevado debajo de la cubierta y ayudado por los marineros de Arnaldo a descansar y vestirse con ropas secas, el náufrago Periandro se entera de dónde ha ido a parar.  En estas mismas bodegas se halla la criada de Auristela, que fue, como ésta, comprada por el danés de unos corsarios traficantes de la trata de blancas.  Entre las tablas de la bodega del fondo del barco de Arnaldo, la criada Taurisa de Auristela le "pinta a Periandro" el mercado de doncellas donde ha ido a parar presa su querida hermana. Entre nácares de perlas, oro, y cadenas no solo de plata.    

    En cambio, en esta ilustración dibujé a plumilla el momento que sigue, donde a Periandro lo llevan dos marinos  a la cabina del príncipe corsario, donde el náufrago le informa a éste de su supuesta relación de "hermano" con Auristela, a la cual él también estaba deseoso de encontrar. Periandro ofrece vestirse con los trajes de ninfas y hamadríades que el corsario traía en su nave -- !!! --  evidentemente para usar en la compra y venta de doncellas. Gracias a la existencia de dicho mercado, Arnaldo había comprado a la muchacha ---y a otras-- y se era enamorado de Auristela profundamente. Esta le había contado como ella y su "hermano" se dirigían a Roma con voto de castidad, etc. Pero habiendo sido ella raptada por los salvajes de la secta mesiánica, ahora Arnaldo necesita deseperadamente rescatarla. Los diálogos entre los que ahora entendemos serán rivales, de hecho hasta la ultimísima página de la novela, para mí se fueron haciendo más y más interesantes con cada nueva lectura del libro. La profundidad o grosor aurisecular de todos estos relatos hace necesaria su relectura y análisis una segunda o tercera vez, por lo menos, para  entender bien lo que queda descrito en ellas pero igualmente para saborear lo que dice. Cervantes, entre sus tantos aforismos para el lector y el escritor, nos asegura que "la salsa de los cuentos es la propiedad del lenguaje". El mismo Antonio el Bárbaro se refiere al tema de la propiedad del lenguaje durante la cena en su caverna cuando les asegura a sus comensales que cuando él entró de niño por la puerta de la gramática, sin darse cuenta estaba pasando por la que es puerta de "todas las demás". 

     Es interesante mirar la luz que estos aforismos derraman sobre la buena pintura, a la Cervantes, que en esos tiempos no se había aun separado de la gramática y de la propiedad en el lenguaje! 

 

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    Muy interesantes estos temas -- no solo "linguísticos". Así es que volviendo a las escenas tipo preliminares del drama en ese capítulo dos del calabozo, naufragio, y encuentro de Periandro con su rival y amigo Arnaldo, presento aquí la ilustración, igualmente creada a plumilla, donde Periandro trasvestido de bella ninfa (del vestuario que llevaba el corsario en su bajel), se junta de nuevo después de un año con Auristela.   Qué momento más dramático. Solo que para contarlo Cervantes se vale de mucha maravillosa gramática -- léxico -- castellano através del cual infunde con un humor de nuevo “cachondo” y a la vez rico en suspenso.  el momento crítico de la concertada venta a los salvajes por el corsario Arnaldo de Periandro transvestido de doncella, con un velo cubriendo sus rizos de oro y sus ojazos, claro está, como dos soles. para enseñarnos cómo Periandro se salva aquí nuevamente de la fatalidad de ser la Reina de la raza mesiánica bárbara valiéndose de sus ricitos de oro, y de sus ojos que son dos soles. En fin, de su suavidad y su charm.  La ceremonia es macabra claramente y por ende no muy católica que digamos, tal como nos la pinta allí el autor, pero una lectura que a mí se me ocurre es que los amantes que han hecho su voto de castidad para casarse solo después de llegar a Roma, cuando se ven con sus roles sexuales invertidos a la fuerza, a la vez impedidos doblemente de poder hablar, se enamoran aun más el uno de la otra, y de esa fuerza sacan la que necesitan para salvarse a sí mismos y a su voto religioso. Romeo es una julieta, Julieta un romeo.

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     ¿Qué dirían  la censura de la Inquisición y sus propios fans del contenido del libro, en esta y otras escenas, y al conocer semejantes personajes de la fantasía del ya fallecido Cervantes?  No son pocos los episodios donde la novela nos trae a primer plano a la Santa Hermandad, criticando su autor de una manera sutil pero fuerte las injusticias que esas milicias católicas cometían con impunidad en esas épocas de la llamada Contrarreforma contra personas inocentes. Pero por otro lado estaba el Cervantes que através de coloridos

personajes como la "bárbara" Ricla o su marido el español Antonio han creado una familia católica en su cueva salvaje, y que se unen a los romeros escapan de la ceremonia del corazón  tan pronto ellos se para ir a Roma en plan religioso. Bueno, más o menos. Dice el autor de El Persiles que apenas los romeros desembarcaron en Lisboa, entraron en el Monasterio de los Jerónimos para dar gracias y rezar, por fin "sin las torcidas ceremonias de su tierra". Oh my. Con la Iglesia hemos topado. En fin, el catolicismo. 

    La caverna de los Antonios, de Ricla, y Constanza, escondida en la mismas entrañas de la Isla Salvaje donde empieza la novela, sirve de marco escénico donde se escucha por vez primera el Credo católico romano. Con aplomo este es un Cervantes al que por boca de estos huéspedes cavernícolas le escuchamos recitar esas creencias.  Me refiero al cuento de su vida de Antonio el Viejo cuando nace en España. Tambien a la inesperada escena de muerte de la anciana Cloelia, criada de Auristela desde que era... Sigismunda. Los ricos manjares salvajes de aves, frutas secas y pescado desplegados para la ocasión en esta mesa a mi me hicieron olvidar la de la ceremonia, jaja, del corazón partío de Periandro vestido de hembra. La de esta cena la veo como un  Thanksgiving del Siglo de Oro, pero católica.

     Pero hablando de la convivencia de los Peregrinos, aunque no de los del Mayflower sino en un plano secular, una de las situaciones geniales de El Persiles  que a mi parecer, nos hacen a los Peregrinos y a nosotros los lectores unirnos como espectadores conjuntos, disolviendo de esa manera tan acariciada por Cervantes el proscenio, es la de los dos estudiantes buscavidas -- mentirosos -- que en la plaza de un pueblo están escenificando sus supuestas prisiones y trabajos forzados en las galeras de los Turcos. Artificios como el de este pasaje de la romería se pueden disfrutar también a lo largo de El Quijote y del entremés, El retablo de las maravillas,entre tantos.  Usando un brazo cercenado de algún otro esclavo infeliz, el impostor barbado de la izquierda levanta y fustiga con su mano derecha al compañero con la colita que va remando. A medida que recita a voces las desdichas que los dos amigos habían sufrido -- supuestamente -- a manos de los Infieles de la Dinastía Otomana, con la otra mano el muy socarrón va señalando los cuadros  que ilustran las escenas de su cuento. Las figuras en blanco de los dos regidores civiles del pueblo tal vez tratan de disimular su risa, pero están calculando de qué manera pueden desenmascarar a los impostores que por su parte no están montando su show por amor al arte, sino que esperan llenarse los y bolsillos con unas monedas de los otros espectadores que los miran como nosotros.

     Para cerrar,  pudiera decir mucho, ya que no son pocos los tableaux de esta historia que dejan ver el manejo genial de la voz y de los planos narrativos que tanto han fascinado a los escritores, oyentes, y lectores de todas las épocas. La calidad sonora y el tejido o carpintería del vocabulario, sintaxis, y conjugación de verbos y de tiempos que nos narran y hacen pensar en esta romería son admirables. Y no es en vano el tiempo que un lector le dedique a desenmarañar su discurso – su Logos – para luego, de dicho esfuerzo, poder entender mejor lo que nos quiso historiar, pintar, y componer este viejo veterano de guerra cuando se encontraba ya “con el pie en el estribo” – citando esa bella frase del Romancero en el Prólogo de El Persiles, que Cervantes dedicara a Don Francisco Fernández de Castro, Conde de Lemos.

Puesto ya el pie en el estribo,

con ansias de la muerte,

gran señor le escribo

 

    Animo, pues, al gentil lector de esta reseña , a descubrir un nuevo mundo viejo en esta obra cumbre del autor del Quijote, que seguramente fue un apasionado admirador de Las Mil y Una Noches,  La Biblia, la Eneida de Virgilio y la Odisea  de Homero, de El Conde Lucanor de Don Juan Manuel, el Decamerón, y hasta del sanskrito hindú de Los cuentos de Kalila y Dinna, entre otros libros sagrados, yo diría sin reservas, de la Humanidad. Atrévete, nuevo lector, a llegar por ejemplo, en el Libro 3, hasta las maravillosas escenas de la tal viuda Ruperta que en vez de matar, como lo había jurado, al pobre pero bello hijo ---inocente—del asesino de su marido escocés, se enamora perdidamente de su víctima! 

    Las cosas que suceden en las páginas de la novela, aunque lo parezcan a veces, no son mero juego de figuras, trucos de teatro o de críticas que dirige el autor a la sociedad o instituciones varias de su tiempo. Hay personajes que prefiguran los casos de obsesiones de necrofilia o represión del subconsciente que un día fascinarían a Edgar Allan Poe o a Sigmund Freud entre tantos. Me refiero a la historia de la condesa escocesa Ruperta, a la que conocemos en un mesón de Francia, seguramente situado en la llamada Via Francígena que tuvieron que peregrinar Persiles, Sigismunda, los Antonios, y algunos otros hermosos personajes del grupo a estas alturas del Libro Tres. Con ella, y con tantos otros personajes de esta novela "bizantina",  el destination wedding de los principes escandinavos y su cortejo a Roma, su catolicismo, y su mensaje, se vuelven mucho más complejos, y hacen que como en El Quijote  lo que empieza por ser un entretenido anecdotario de unos personajes curiosos, bizarros, se convierta en su revés, y que sea una invitación a pensar sobre el amor, el honor, y la salvación. Estos son temas que solamente se leen en libros antiguos y -- pareciera -- que a los jóvenes de hoy en dia no se les ocurriría considerar contemporáneos.   Pero el caso o historieta de la tal Ruperta es una mina de oro.  Con él, el Manco Sano Cervantes, en mi opinión, "bota la pelota",  utiliza no ya sus ya-comentados marcos dobles o molduras para hacernos pasar de el antes, a el mientras, y a  el después  en los tiempos, o en los puntos de vista, sino que usa la Comedia para decir cosas que tal vez a artistas de menos arrojo no se les ocurre vestir con esas ropas.  Me refiero, claro, al luto, o al uso del blanco y negro, al chiaroscuro de esta mininovelita dentro de la grande que es El Persiles.  Por eso, por ejemplo, en la ilustración a plumilla que he colocado aqui, he querido representar lo que veríamos nosotros juntos con Periandro, Auristela, y los demás romeros, si estuviésemos alli mirando a Ruperta.  Sería, modestia aparte, un cuadro del gran CARAVAGGIO, ya que Cervantes mismo se refiere a Ruperta en su sed de venganza y en la manera que agarra el terrible cuchillo, como una Judit Matando a Holofernes. Hay que repetirlo, estamos como voyeurs con los romeros protagonistas de la novela, por ver y escuchar a esta imponente condesa escocesa, protagonizar su historia de dolor, jurando ante la caravela y la camisa ensangrentada de su esposo asesinado Lamberto, que ella ha de vengar su muerte. Es como la Luna radiante, dice Cervantes, pero dentro del aposento enlutado de un albergue de nuestra ruta de peregrinos en Francia.  Sí, con la luz radiante de ella en este cuarto enlutado para pronuciar su juramento,  es un cuadro de pasiones en chiaroscuro ... pero de Cervantes. O sea, propongo que Cervantes quiso hacer una lectura nueva de Judit y de las causas politico-religiosas que esa apasionante heroína bíblica personifica. Una lectura cómica de algo muy serio, pero no para destruir la otra manera que habia sido representada, sino para enriquecerla con luces modernas -- que a este autor le interesaba tanto. Pensar en el "problema" del encantamiento de Dulcinea del Toboso, o en la fuerza de los actores que traen su tramoya a la aldea de El retablo de las maravillas, para considerar que tal vez hasta los últimos días de su vida, este autor acariciara la idea de que lo cómico fuera en efecto tan -- sino más -- noble y verdadero que lo trágico.   En el performance de metamórfosis de Ruperta, pues, que termina enamorándose del enemigo que ella haba hasta entonces querido matar se ve que La decapitación de Holofernes tiene un posible revés, que es El Amor Todo lo Vence ( OMNIA VINCIT AMOR).  Pero esto pica y se extiende, pues Cervantes en el paso climáctico de su acto de justicia que se convierte en uno de gracia y perdón, nuestro Manco de Lepanto saca de sus bambalinas a la Luna enamorada de del pastor dormido Endimión, a la Medusa, y  La historia de Eros y Psique. 

 

    La Madre de los Tomates! diría mi amiga boricua Marta María, no sin muy cómica razón. 

 

   El conde Lamberto, por cierto -- cuya sangre con un algo del realismo mágico del neapolitano San Genaro aun permanece fresca -- habia sido asesinado por un admirador de Ruperta  llamado con chanza por el payaso de Cervantes "Claudio Rubicón". Ruperta, pues, que está viajando en un peregrinaje suyo propio, pero de venganza, a la Ciudad de los Roma, para pedirles justicia a unos príncipes de su país que estaban allí en la Ciudad del Papa  -- tal vez cruza su propio Rubicón como una Cesaréa. Va de la tragedia a la comedia. De la justicia al perdón. 

 

    Con la Iglesia, tal vez, hemos vuelto a topar, gracias a este viejo soldado de muchas guerras, muchas cárceles, y demasiada seriedad.  

     Y no es el cuento tan descabellado como a uno le puede parecer a simple vista. Hay que leerlo con cautela, con deleite, y con un poco de sorna, para escuchar (sobre todo en los monólogos en alta voz, a lo Hamlet) que tal parece que canta como si fuera en una ópera, la Ruperta exaltada. Fijarse bien, lector, como en un momento el propio Cervantes nos guiña el ojo cuando nos comenta: "...Y no sé cómo se supo lo que dijo Ruperta..." 

      

     En no pocos momentos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda leemos que en las tierras septentrionales de Periandro y Auristela, la fe católica estaba en mal estado, y que había muchas ceremonias que los jóvenes protagonistas de este peregrinaje querían dejar atrás. Esta es, a mi modo de ver, una manera muy respetuosa de expresar su postura Contrarreformista con respeto a las nuevas denominaciones luteranas, etc., que estaban multiplicándose al norte de Roma en esos tiempos -- justamente del otro lado de la Porta del Popolo que usamos para entrar en este ensayo, puerta para visitantes o peregrinos de la Ciudad Eterna, que llegaban de Francia, Alemania, y hasta Escandinavia o Inglaterra.  No puedo cerrar este ensayo, además, a propósito de lo que nos pueda estar confesando de manera íntima el viejo soldado de la Batalla de Lepanto, de mostrar aqui una de las máscaras más encantadoras que se pone el autor para decirnos lo que piensa. Nos lleva de la mano para ello el Viejo Soldino, un ermitaño merlinesco que vive en un mundo subterráneo lleno de valles, ríos, nubes y cielos, con sol, con luna, con estrellas, donde nos cuenta que ve el pasado y el futuro, y conoce todas las cosas, y se puede ya dar el gusto de no tenerle que rendir cuentas a los grandes políticos del mundo de arriba.  

 

     Con el antifaz cómico del sabio Soldino/Cervantes el soldado canta en esas profundidades para sus peregrinos no sé cuantas loas de admiración a Don Juan de Austria y a su padre Carlos V -- el Marte Cristiano lo llama.  Carlos V -- o acaso sea el propio Cervantes, había luchado por fundar una nueva civilización romana-española católica. "Español soy", nos dice este viejo mago, "que me obliga a ser cortés y a ser verdadero".

     Me da gusto citar el discurso que les hace Soldino a Los Persiles, por así llamarnos, para cerrar la presentacion de mis ilustraciones. El Viejo Mago Soldado tiene la Palabra: 

Señores, esto no es encantamento, y esta cueva por donde aquí hemos venido, no sirve sino de atajo para llegar desde allá arriba a este valle que veis, que una legua de aquí tiene más fácil, más llana y más apacible entrada. Yo levanté aquella ermita, y con mis brazos y con mi continuo trabajo cavé la cueva, y hice mío este valle, cuyas aguas y cuyos frutos con prodigalidad me sustentan. Aquí, huyendo de la guerra, hallé la paz; la hambre que en ese mundo de allá arriba, si así se puede decir, tenía, halló aquí a la hartura; aquí, en lugar de los príncipes y monarcas que mandan el mundo, a quien yo servía, he hallado a estos árboles mudos, que, aunque altos y pomposos, son humildes; aquí no suena en mis oídos el desdén de los emperadores, el enfado de sus ministros; aquí no veo dama que me desdeñe, ni criado que mal me sirva; aquí soy yo señor de mí mismo; aquí tengo mi alma en mi palma, y aquí por vía recta encamino mis pensamientos y mis deseos al cielo; aquí he dado fin al estudio de las matemáticas, he contemplado el curso de las estrellas y el movimiento del sol y de la luna; aquí he hallado causas para alegrarme y causas para entristecerme que aún están por venir, que serán tan ciertas, según yo pienso, que corren parejas con la misma verdad. . .   Español soy, que me obliga a ser cortés y a ser verdadero; con la cortesía os ofrezco cuanto estos prados me ofrecen, y con la verdad a la esperiencia de todo cuanto os he dicho. Si os maravillare de ver a un español en esta ajena tierra, advertid que hay sitios y lugares en el mundo saludables más que otros, y éste en que estamos lo es para mí más que ninguno. . . . Cuando conviene, recibo los sacramentos, y busco lo que no pueden ofrecer los campos para pasar la humana vida. Ésta es la que tengo, de la cual pienso salir a la siempre duradera. Y por agora no más, sino vámonos arriba: daremos sustento a los cuerpos, como aquí abajo le hemos dado a las almas.

    Palabras santas.